Una chica se acercó a ella. Tuve la impresión de que iba a pedirle un autógrafo o felicitarla por la actuación y me dio pena. Recordé el hiriente desdén con el que en todas las ocasiones en que yo había estado presente había tratado a otros admiradores. Sin embargo, esta vez sonrió (no tenía una sonrisa bonita). Le hizo gestos para que se acercara como si fuera a decirle algo al oído y la besó. Un beso largo, con lengua, que no se terminaba nunca. Me dio envidia.

El Sr. Mierda asistió atónito al beso. Ni siquiera hizo ademán de acercarse. Si hubiera sido un tío, ahora andaría mordisqueado por los bichos en alguna charca espesa de purines.

Cuando la lengua dejó de lamerle los labios, la chica la miró más atónita que el Sr. Mierda. "Bueno, adiós", susurró. De nuevo sola, ella le dio una última calada al cigarrillo antes de buscarle un hueco libre en el cenicero donde se apelmazaban las colillas. Creo que la vi sonreir de nuevo. No tenía una sonrisa bonita.