-¿Lo ves? Me pierde la coca-cola. No sabía que lo llamaran Sr... Mierda -pronunció mierda a un nivel bajísimo.
-¿En serio?
-¿Por qué iba a mentirte?
-Has dicho que era como un padre para tu chico. Prácticamente tu suegro.
-Lleva toda la vida trabajando para él. Pero yo apenas lo conozco.
-¿No sabes que lo llaman Sr. Mierda?
-No. ¿Por qué debería saberlo?

Le sonreí. Era hablar por hablar. Me importaba una idem que lo llamaran Sr. Mierda o Mister No. No estaba ahí por eso. La chica se había sentado a mi mesa y se había puesto a rajar sola sobre la insoportable levedad del ser. Al menos eso me pareció a los dos minutos de su monólogo. Había otras mesas. Eligió la mía porque sobre ella había una cerveza sin alcohol. Eso me dijo. Maldije como nunca lo había hecho antes haber abandonado mi dipsomanía. Le hice la pregunta para que se callara. Intuí que la palabra mierda le molestaría. De hecho, había dado de lleno en el blanco. Llevaba callada dos segundos.

-Tiene una voz preciosa -dijo de repente.
-¿Eh?
-La cantante. -señaló un cartel sobre la pared.

Una tía despampanante vestida a lo Gilda nos miraba con aire de superioridad. La versión desvaída y amarillenta del cartel estaba pegada en la cristalera de la entrada. Allí no tenía tantos humos.

-Ya.
-El local se llena para oirla cantar.
-Cantar -repetí mirándole las tetas al cartel.
-Su voz es... Su voz es maravillosa. No sé cómo explicarlo.
-Estoy deseando verla. Quiero decir, oírla.

Creo que no pilló el chiste. Pero milagrosamente volvió a guardar silencio. Segundo y medio más o menos.

-Es su mujer -dijo bajando la voz.
-¿De quién? ¿Del Sr...?
-Sí -me cortó en seco antes de que pronunciase la palabra maldita.
-Vaya con el Sr. Mierda -la envidia se me salía por cada uno de los poros de la piel.
-Están muy enamorados.
-No lo dudo -dije pero quería decir ¡ja!
-Se le nota cuando canta. El la mira siempre desde aquella mesa. Dirás que soy tonta, pero a veces... A veces se puede percibir cómo su mirada y la voz de su mujer atraviesan todo este humo y se funden en un beso.
-¿En un beso?
-Un beso largo, lento y tierno.

Quería vomitar pero le di un trago a la cerveza sin alcohol. Me supo empalogosa.

Un haz de luz iluminó el pequeño escenario. La gente empezó a aplaudir. Los aplausos cesaron de repente. Donde debían estar los músicos y la tía despampanante, había un tipo delgado con pinta de camarero. Dijo algo poco original sobre que la cantante estaba indispuesta y blablablá. En fin que, lamentándolo mucho, no habría actuación. Se oyeron unos pocos silbidos. El tipo con pinta de camarero invitó a una ronda.

-Qué pena -dijo la chica.
-¿Sabes dónde puedo encontrar al Sr. Mierda?

Señaló unas gruesas cortinas rojas.

-En la parte privada. Supongo.

Hice cómo que buscaba dinero en el bolsillo del pantalón.

-Deja. Yo te invito.
-Claro que no. Faltaría más -repuse exhibiendo la billetera.


La chica sacó un billete arrugado de su monedero y lo extendió sobre la mesa. Había picado. Si uno no puede vivir de las mujeres por lo menos que lo inviten a una cerveza sin alcohol. Me guardé la billetera de atrezzo.

-Oye -me llamó cuando me iba. Estaba condenado.
-¿Sí? -le sonreí.
-Te he mentido.
-¿No tiene una voz preciosa?
-Sé por qué le llaman Sr. Mierda.
-Ah.
-Un día se enfadó tanto que no hacía más que gritar esa palabra. La repetía y repetía. Como si no conociera otra. Encima del escenario. A la vista de todo el mundo. El apodo se lo puso un músico.
-Era de esperar. Tiene sonoridad. ¿Por qué se enfado?

La chica se encogió de hombros infantilmente. Estaba linda así. Callada.

Crucé la cortina y, de repente, me encontré en el salón de una casa. Muebles de madera oscura, un par de lujosas lámparas de pie, un sofá de los caros, el Sr. Mierda sentado en él, como complemento del mobiliario. Me clavaba la mirada. De pie, frente a él, la larguísima espalda de la cantante. Tenía el pelo recogido en un gracioso moño. Su cuello no conocía el término fin. Sin esperar al silbido, los dos canes de vestuario pasado de moda me hicieron caminar sobre mis pasos hasta atravesar de nuevo la cortina.

-¿Podría hablar un segundo con el Sr... ? -estuve a punto de decirlo, pero cerré la boca a tiempo.
-No es momento -dijo el del pelo largo.

El otro no dijo nada. Su gesto era el de una piedra pómez.

-Quería saber si está contento con la entrevista -insistí.
-Tómate una copa y lárgate -sentenció el que no era mudo de los dos.

La chica todavía estaba sentada en la misma mesa en la que la había dejado. Nos miraba. Me eché a temblar.

-Prefiero irme ya. Si no os importa.

Hacía algo de fresco en la calle. Era un fresco agradable. De repente, sentí ansiedad. No había encendido ni un maldito cigarrillo en el interior del local. Busqué el paquete de tabaco en los bolsillos del pantalón. Toqué mi billetera. En ese momento dejé de creer en la justicia. Había hecho una buena entrevista y la billetera estaba vacía. Encendí un pitillo y expulsé el humo por la nariz. El fresco de la noche era aún más agradable así.